La culpa


 Y ahora, después de tantos años, sigo pensando en aquello y en que mi hijo, siempre pegado a la Wii y al ordenador, está libre de esa culpa. Yo, por el contrario, nunca he podido desprenderme de ese sentimiento. Cuando era niña, no conocía el peligro, ni la muerte. Desde mis inocentes juegos y mi ignorancia, no conocía el dolor, la tristeza y la culpa. Por aquella época, casi se podría decir que todavía no contaba ni con recuerdos, ni conocía la sensación de haber perdido algo que se quiere.

También por aquel entonces, sucedía que todos los veranos eran largos y dejaban el sabor del pelo pegado con sudor a la nuca, de la arena en las rodillas y de la frescura de los luceros y las lluvias de estrellas que tanto nos gustaban a mis primas y a mí. Y el caso es que cuando eres niño el tiempo parece avanzar mucho más despacio. En un solo día nos daba tiempo a trepar a diez árboles, a bañarnos dos veces en el rio o a hacer columpios con las cuerdas de atar los muebles que tenía la familia en el desván. El verano parecía un año, mientras que ahora los días no me cunden nada y las estaciones pasan volando.

Fue uno de esos veranos cuando conocí esa culpa que no me ha abandonado en tantos años y que muchas noches, cuando recuerdo su cara desencajada corriendo hacia nosotros, sigue apretándome la garganta y haciéndome sudar las manos hasta que estallo en un llanto silencioso que me deja dormida. Ese verano tenía ocho años y el único dolor que conocía era el de los arañazos en las rodillas cuando me caía de la bici.

Cuando hacía mucho calor, mi abuela nos obligaba a echarnos la siesta a la hora del resistero. Eso nos daba mucha rabia, porque lo que más nos gustaba era salir por el sendero e intentar coger una chicharra, de esas que tanto ruido hacen pero que nadie logra ver nunca. Como echados la siesta no parábamos quietas saltando sobre el colchón de lana y riéndonos, mi abuela entraba y nos decía, intentando ponerse seria, que no quería escuchar ni una mosca. Nada más cerrar de nuevo la puerta, era el momento en que mi prima, la mayor, se ponía a imitar el sonido de un moscardón y a mí, que era la más pequeña de las tres, me entraba tal risa que terminaba por mancharme de pis las bragas.

Queríamos mucho a la abuela. Ella nos acogía en el pueblo esos meses de verano en que nuestros padres todavía tenían que trabajar y nosotras ya teníamos vacaciones en el cole. Ahora, cada vez que veo ese anuncio de pizzas que echan por la tele, me acuerdo mucho de cómo era la abuela y como me cantaba canciones graciosas mientras me curaba los arañazos de las rodillas.

Aquella tarde, cuando nos mandó echarnos la siesta, a mí se me ocurrió una idea mejor. Subirnos al tejado. Y en cuento dejamos de sentir a la abuela en el pasillo, salimos de la habitación y subimos al sobrado. No fue fácil abrir una de las ventanas, pero cuando lo conseguimos y estuvimos en el exterior, sentadas sobre las tejas, vislumbrando toda la alameda, nos sentimos las reinas del mundo.

Entonces, vi a mi abuela a lo lejos del camino, paseando con otra señora. En un vuelco de alegría me puse en pie, la abuela tenía que ver la hazaña que habíamos logrado, se iba a reír mucho cuando nos viera allí tan altas y tan pequeñitas desde lejos. Hinché los pulmones con todas mis fuerzas y chillé -¡¡abuelaaaa!!-. Mi abuela se dio la vuelta, se echó las manos a la cabeza y comenzó a correr hacia nosotros, agitando la mano sobre su cabeza, como amenazante. A mis primos y a mí nos dio una risa loca. La abuela cada vez se aproximaba más y nosotros no parábamos de reír. De repente se calló de bruces contra el suelo.

Un fallo cardiaco, dijo el forense.