El viejo niño

Vagó por las calles de la aldea, sin saber muy bien a dónde dirigirse. Espantados huían, todos los que se cruzaban en su camino, pensando que era un viejo loco y peligroso. El viejo niño, iba sintiéndose más ágil y más fuerte a medida que pasaba el tiempo. Pero su corazón se hacía cada vez más y más viejo y amargo, al ver como la gente no le aceptaba y le rehuía.

Hasta que un buen día, una joven viuda se acercó a él y le ofreció cobijo en su casa. El viejo niño aceptó su caridad, pero se prometió a sí mismo no ser una carga para ella. La joven contaría con apenas 29 años y parecía un alma tranquila y afligida por la pérdida de su reciente esposo. La vida apenas le había dado la posibilidad de saborear las mieles del amor para rápidamente arrebatárselas.

El viejo niño contaría por aquella época con 59 años y ahora semejaba un apuesto y maduro caballero. La joven lo trataba realmente como si fuese un hijo y a la vez un amigo, pero pronto tuvo que enfrentarse a las habladurías de la gente de la aldea. La creían concubina de un rico viajante y la juzgaban por haber olvidado tan prontamente a su difunto marido.

El viejo niño cortaba leña para la casa y trabajaba en el astillero para ayudar económicamente a la convivencia. Por las noches la viuda leía historias al calor de la lumbre, que él escuchaba tumbado en la alfombra, reposando el guiso que ella había cocinado ese día para la cena y descansando los cada vez más jóvenes y fuertes huesos, tras un día de duro trabajo.
Una de esas noches, el viejo niño, tumbado en la alfombra, se percató, a la luz de los rescoldos que quedaban en la chimenea, de las arruguitas que habían nacido sobre el labio superior de su amiga y en las comisuras de los ojos. Cada día parecía más cansada y frágil. Hebras de plata empezaban a nacer en sus sienes. Mientras que, por el contrarío, él tenía la piel tersa y rosada de un joven de 25 años y el pelo fuerte y brillante.
Cada mañana estaba más activo y reía sin ninguna razón. Dentro de su pecho notaba un ímpetu que en ocasiones le evitaba pensar antes de actuar. Cuando la joven se sentaba a leerle por las noches, él desde la alfombra notaba sensaciones extrañas en todo su cuerpo. Sentimientos en su pecho que no quería comprender o que creía haber olvidado con el paso de los años.
Llegó un momento en que todos esos relámpagos que le hacían estremecerse, fueron cada vez más fuertes. Y tuvo que reconocer que se había enamorado de su compañera. La compañía, las buenas formas y el recuerdo de la hermosa juventud de la joven, además de sus hormonas varoniles, habían transformado su mente en un sin vivir.
Pero con el paso de los días, ella se convertía cada vez más en una abuela que en una esposa. Y él en un chaval de 13 años, más preparado para los juegos que para el trabajo amoroso. Sabían que el tiempo jugaba en su contra. Hasta que llegó un día en que todo fue demasiado tarde.